El bosque estaba oscuro ese día, era otoño y las hojas caían lentamente a la húmeda tierra. Ella estaba acostumbrada al mismo paisaje cada año, el mismo bosque, los mismos árboles. Solía pensar que incluso los días eran iguales, cada minuto y cada hora le parecían eternos. Olvidaba cuantos habían estado allí antes que ella maravillados por el hermoso paisaje que tenían ante sus ojos y que se les antojaba a libertad, pero que a ella le parecía una cárcel de la que no podía escapar.
Había nacido ahí, en ese viejo pueblo, crecido ahí y amado ese lugar que ahora aborrecía, solía decir que era un alma libre, pero no notaba que ella misma se ponía esas cadenas que la ataban a aquel lugar. Tal vez era la nostalgia de los años y la niñez vivida, el recuerdo de aquellas personas a las que amo y que poco a poco fueron dejando este mundo para ir a otro mejor.
-Al menos ellos han salido de este miserable lugar- dijo para sí, y no pudo evitar que una escurridiza lagrima escapara de sus ojos para seguir el mismo camino de las hojas otoñales.

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